Los riesgos del teletrabajo

La pandemia mundial que padecemos ha puesto de relieve la figura del teletrabajo como método alternativo de organización laboral sobre la que intentar sostener el desarrollo ordinario de las actividades de las empresas. Particularmente, me manifiesto bastante partidario de este método, ya que ofrece ventajas inexorables como más flexibilidad y autonomía; ahorro de tiempo y reducción de costes; puede aumentar la motivación y consecuentemente la productividad; promueve una mayor conciliación de la vida familiar y laboral; fomenta la integración y la universalidad; impulsa la innovación y el emprendimiento; reduce el absentismo laboral …

En contraposición, lógicamente, y como casi todo en la vida, el teletrabajo presenta una serie de riesgos, cuya aparición, bajo mi punto de vista, se ha potenciado por la tremenda celeridad con la que se ha tenido que implantar su puesta en marcha, derivada de las restricciones de contacto físico impuestas a raíz de la crisis del Covid-19. Esta prontitud en la implementación ha originado que ni siquiera se tenga claro el concepto de teletrabajo. A este respecto, emerge el Real Decreto-ley 28/2020, de 22 de septiembre, de trabajo a distancia, que viene a intentar clarificar nociones en torno a esta figura. Por ejemplo, en primer lugar, acota la determinación de teletrabajo como subespecie del trabajo a distancia (que se define como cualquier desempeño que se realiza fuera de los establecimientos y centros habituales de la empresa), implicando el teletrabajo además la prestación de servicios con nuevas tecnologías.

Pues bien, entrando a dirimir sobre los riesgos del teletrabajo, cabe reseñar que su presencia acarrea inevitablemente unas consecuencias, tanto en el ámbito psicológico como físico. En relación a este primer campo, cabe mencionar que el teletrabajo implica falta de contacto personal directo, lo cual puede conducir a una sensación de aislamiento. A pesar de que, en las empresas se puede llegar a ofrecer unas redes de apoyo para paliar esta carencia, con frecuencia el trabajador, simplemente, se siente solo. Le faltan los vínculos ordinarios que existían con sus compañeros o incluso clientes, y cabe imperando una sensación de desconexión, en la que el empleado barrunta que es menos visible y demanda reconocimiento. Sin duda, este ítem pude limitar aspectos como el intercambio de ideas productivas o el propio trabajo en equipo.

Como secuela de nivel mental puede citarse el estrés generado a raíz de esta nueva situación, factor que aparece como reacción ante cualquier cambio, especialmente de la magnitud del que hablamos, que afecta a nuestro entorno laboral. Hay una serie de signos fisiológicos y alteraciones de conducta aparejadas al estrés. A escala emocional podemos citar la ansiedad, la depresión, la melancolía o la irritabilidad; a nivel cognitivo podemos hablar de dificultad para concentrarse, tendencia a paralizarse o inseguridad. En el aspecto conductual se pueden mentar efectos como comportamientos impulsivos, explosiones anímicas, falta de apetito, desordenes del sueño e incluso posible consumo de drogas. Evidentemente, en el campo laboral también se pone de relieve los efectos del estrés pudiendo ocasionar absentismo, insatisfacción, enrarecimiento del clima laboral o baja productividad.

Me gustaría volver a incidir en que la manifestación del estrés, más que a la figura del teletrabajo, es imputable a lo abrupto que ha sido su consolidación. Se ha pasado de estar en la oficina todo el día a mantenerte confinado en tu casa por razones de sanidad pública, sin haber podido elegir este método. Es común, a nivel psicológico, que cueste diferenciar el ambiente laboral de tu propio hogar. Al no existir además desplazamiento entre ámbitos es complejo digerir y diseccionar apropiadamente los problemas de dichas áreas y diferenciar ambos espacios mentales. Añadir además, las complicaciones en relación a la posibilidad de realizar actividad física (cierre de instalaciones deportivas en algunas fases de la pandemia), lo que puede inducir al sedentarismo, que potencia los nocivos efectos psicológicos ya descritos, o las limitaciones a poder desarrollar una vida social sana (quedar con amigos o familia), lo que obstaculiza la desconexión de los problemas laborales.

A nivel físico, también hay que mencionar ciertas consecuencias derivadas del teletrabajo, pues nos encontramos con asiduidad que se han repentizado puestos de trabajo en casa, cuyas condiciones ergonómicas suelen ser deficitarias, por no mentar la política de prevención de riesgos que se lleva a cabo en estos espacios improvisados. Como problemas comunes, a escala corporal, podemos hablar de dolores lumbares y de cuello a raíz de inadecuadas posturas delante del ordenador (conviene disponer de un adecuado mobiliario). También conviene traer a colación lo ordinario que es, en el campo del teletrabajo, mantener posturas forzadas, no realizando a veces descanso durante la jornada, lo que implica prolongar posiciones incorrectas o demasiado estáticas, con la consiguiente aparición de molestias o lesiones. Otros factores a considerar son la exposición a movimientos repetitivos en el transcurso de la jornada laboral (posibles trastornos musculoesqueléticos) o la fatiga visual ocasionada por no ajustar de manera apropiada la iluminación de la pantalla o del habitáculo donde se desempeña su trabajo (espacio demasiado oscuro).

En definitiva, el teletrabajo es un concepto al alza, derivado forzosamente por la crisis del Covid-19, y que conlleva numerosas ventajas si se implementa de forma conveniente, pero también implica una serie de riesgos, sobre los cuales hay que formar, asesorar y, en conclusión, actuar para evitar su comparecencia.

A colación de llevar a cabo un desarrollo adecuado del teletrabajo, estimo de gran interés revisar este enlace que muestro a continuación publicado por la OIT (Organización Internacional del Trabajo) sobre las cinco claves más importantes para implementar el teletrabajo de manera eficaz durante la crisis de COVID-19.

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